Subida a la Alcazaba

Vicente Aleixandre

Subir por esa escala, callando, hacia arriba, hacia la luz.

¡Alcazaba mía malagueña!

Subir por la sombra, presintiendo arriba todavía el agua antigua de la fuente que fluye.

Subir con el corazón que ahora sufre, solo, creído.

¡Quién te encontrara, niño que fui y que, acodado, veías

el vasto paisaje de Málaga, leve en las luces!

¡Quién supiera que arriba estabas, solo, asomado!

La mejilla en la mano, sobre la piedra, el pecho en la piedra.

Y unos ojos serenos, todavía nacientes, puros, mirando.

Subir por esta escala muda, sin ruido, en la sombra.

Subir apresurándose, casi como un sueño dichoso, con el corazón oprimido pero esperando.

Y saber que arriba está el niño que fuera, que fue, que dura y contempla.

Masa de tiempo dulce, sí, suspendido

sobre una Málaga que volaba, blanda en las luces.

Y asomar y un instante verle, quieto, concreto,

con su rostro en su mano niña, y el aire, y oír el agua.

Y cerrar poco a poco los ojos -¡Málaga, quién te mira!-

y abrirlos luego despacio, leve -y otra vez el agua…–,

ahora niño claro que aquí acodado, puro, contempla.